Las culturas y la globalización
Vargas Llosa, Mario
El Norte: (columna) "Piedra de Toque", 16/04/2000

Uno de los argumentos más frecuentes contra la globalización es el siguiente: la desaparición de las fronteras nacionales y el establecimiento de un mundo interconectado por los mercados internacionales infligirá un golpe a las culturas regionales y nacionales, a las tradiciones, costumbres, mitologías y patrones de comportamiento que determinan a la identidad cultural de cada comunidad o país.

Incapaces de resistir a la invasión de productos culturales de países desarrollados que inevitablemente acompañan como una estela a las gandes transnacionales, la cultura estadounidense terminará por imponerse, uniformando al mundo entero y aniquilando la rica floración de diversas culturas que todavía ostenta

De este modo, todos los demás pueblos, y no sólo los pequeños y débiles, perderán su identidad -su alma- y pasarán a ser colonizados del Siglo 21, zombies o caricaturas modelados según los patrones culturales del nuevo imperalismo que, además de reinar sobre el planeta gracias asus capitales, técnicas y poderío militar y conocimientos científicos, impondrá a los demás su lengua, sus maneras de pensar, de creer, de divertirse y de soñar.

Esta pesadilla o utopía negativa de un mundo que, en razón de la globalización, habrá perdido su diversidad linguística y cultural y ha sido igualada culturalmente por Estados Unidos, no es, como algunos creen, patromonio exclusivo de minorías políticas de extrema izquierda, nostáligcas del guevarismo tercermunista, un delilrio de persecución atizado por el odio y el rencor hacia el gignte estadounidense.

Se manifiesta también en países desarrollados y de alguna cultura y la comparen sectores políticos de izquierda, de centro y de derecha. El caso tal vez más notorio sea el de Francia, donde periódicamente se realizan campañas por los gobiernos, de diverso signo ideológico, en defensa de la "identidad cultural" francesa, supuestamente amenzada por la globalización.

Un vasto abanico de intelectuales y políticos se alarman con la posibilidad de que la tierra que produjo a Montaigne, Descartes, Racine, Beaudelaire, fue árbitro de la moda en el vestir, en el pensar, en pintar, en el comer y en todos los dominios del espíritu, pueda ser invadida por los McDonalds, los Pizza Huts, los Kentucky Fried Chicken, el rock y el rap, las películas de Hollywood, los blue jeans y las polo shirts.

 

Este temor ha hecho, por ejemplo, que en Francia se subside masivamente a la industria cinematrográfica local y que haya frecuentes campañas exigiendo un sistema de cuotas que obligue a los cines a exhibir un determinado número de películas nacionales y a limitar el de las películas importadas de los Estados Unidos.

Asimismo, esta es la razón por la que se han dictado severas disposiciones municipales (no muy respetadas en las calles de París) penalizando con severas multas los anuncios publicitarios que desnacionalicen con anglicismos la lengua de Molière. Y no olvidemos que José Bové, el granjero convertido en cruzado contra el mal comer, que destruyó un Mc-Donald's, se ha convertido poco menos que un héroe popular en Francia.

Aunque creo que el argumento cultural contra la globalización no es aceptable, conviene reconocer que en el fondo de él yace una verdad incuestionable. El mundo en que vamos a vivir en el siglo que comienza va a ser mucho menos pintoresco, impregnado de menos color local que el que dejamos atrás.

Fiestas, vestidos, costumbres, ceremonias, ritos y creencias que en el pasado dieron a la humanidad su frondosa variedad folclórica y etnológica van deapareciendo o confinándose en secotres minoritarios, en tanto que el grueso de la sociedad los abandona y adopta otros, más adecuados a la realidad de nuestro tiempo.

Este es un proceso que experimentan, unos más rápidamente, otros más despacio, todos los países de la tierra. Pero no por obra de la globalización, sino de la modernización, de la que aquélla es efecto, no causa. Se puede lamentar, desde luego, que ésto ocurra y sentir nostalgia por el eclipse de formas de vida del pasado que, sobre todos vidas dede la cómoda perspectiva del presente, nos parecen llenas de gracias, originalidad y color.

Lo que no creo que se pueda es evitarlo. Ni siguiera los países como Cuba o Corea del Norte, que, temerosos de que la apertura destruya los regímenes totalitarios que los gobiernan, se cierran sobre sí mismos y oponen toda clase de censuras y prohibiciones a la modernidad, consiguen impedir que ésta vaya infiltrándose en ellos y socave poco a poco su llamada "identidad cultural".

En teoría, sí, tal vez, un país podría conservarla a condición de que, como ocurre con ciertas remotas tribus del Africa o Amazonia, decida vivir en un aislamiento total, cortando toda forma de intercambio con el resto de las naciones y practicando la autosuficiencia. La identidad cultural así conservada retorcederia a esa sociedad a los niveles de vida del hombre prehistórico.

Es verdad: la modernización hace desaparecer muchas formas de vida tradicionales, pero al mismo tiempo, abre oportunidades y consituye, a grandes rasgos, un gran paso adelante para el conjunto de la sociedad. Es por eso que, en contra a veces de lo que sus dirigentes o intelectuales tradicionalistas quisieran, los pueblos, cuando pueden elegir libremente, optan por ella, sin la menor ambiguedad.

En verdad, el alegato a favor de la "identidad cultural" en contra de la globalización, delata una concepción inmovilista de la cultura que no tiene el menor fundamento histórico. ¿Qué culturas se han mantenido idénticas a sí mismas a lo largo del tiempo? Para dar con ellas hay que ir a buscarlas entre las pequeñas comunidades primitivas mágico-religosas de seres que viven en las cavernas, adoran al trueno y a la fiera, y, debido a su primitivismo, son cada vez más vulnerables a la explotación y al exterminio.

Todas las otras, sobre todo las que tienen derecho a ser llamadas modernas -es decir, vivas- han ido evolucionando hasta ser un reflejo remoto de lo que fueron apenas dos o tres generaciones atrás. Ese es, precisamente, el caso de países como Francia, España e Inglaterra, donde sólo en el último medio siglo los cambios han sido tran profundos y espectaculares que hoy un Proust, un García Lorca y una Virgina Wolf apenas reconocerían las sociedades donde nacieron y cuyas obras ayudaron tanto a renovar.

La noción de "identidad cultural" es peligrosa porque, desde el punto de vista social, represetna un artificio de dudosa consistencia conceptual y, desde el político, un peligro para la más preciosa conquista humana, que es la libertad.

Desde luego, no niego que un conjunto de personas que hablan la misma lengua, han nacido y viven en el mismo territorio, afrontan los mismos problemas y practican la misma religión y costumbres, tengan características comunes. Pero ese denominador colectivo no puede definir cabalmente a cada una de ellas, aboliendo o relegando a un segundo plano desdeñable lo que cada miembro del grupo tiene de específico, la suma de atributos y rasgos particulares que lo diferencian de los otros.

El concepto de identidad, cuando no se emplea en una escala exclusivamente individual y aspira a represetar a un conglomerado, es reductor y deshumanizador, un pase mágico-ideológico de siglo colectivista que abstrae todo lo que hay de original y crativo en el ser humano, aquéllo que no le ha sido impuesto por la herencia ni por el medio geográfico, ni por la presión social, sino que resulta de su capacidad para resistir esas influencias y contrarrestarlas con actos libres, de invención pesonal.

En verdad, la noción de identidad colectiva es una ficción ideológica, cimiento del nacionalismo que, para muchos etnólogos y antropólogos, ni siquiera entre las comunidades más arcaicas representa una verdad. Pues, por importantes que para la defensa del grupo sean las costumbres y creencias practicadas en común, el margen de iniciativa y de creación entre sus miembros para emanciparse del conjunto es siempre grande y las diferencias individuales prevalecen sobre los rasgos colectivos cuando se examina a los individuos en sus propios términos y no como meros epifenómenos de la colectividad.

Precisamente, una de ls grandes ventajas de la globalización, es que ella extiende de manera radical las posibilidades de que cada ciudadano de este planeta interconetado construya su propia identidad cultural, de acuerdo con sus preferencias y motivaciones íntimas y mediante acciones voluntariamente decididas. Pues ahora ya no está obligado, como en el pasado y todavía en muchos lugares del presente, a acatar la identidad que, recluyéndolo en un campo de concentración del que es imposible escapar, le imponen la lengua, la nación, la iglesia, las costumbres, etc. del medio en que nació. En este sentido, la globalización debe ser bienvenida porque amplía de manera notable el horizonte de la libertad individual.

El temor a la americanización del planeta tiene mucho más de paranoia ideológica que de realidad. No hay duda, claro está, de que con la globalización el impulso del idioma inglés, que ha pasado a ser, como el latín en la Edad Media, la lengua general de nuestro tiempo, proseguirá su marcha ascendente, pues es un instrumento indispensable de las comunicaciones y transacciones internacionales.

¿Significa esto que el desarrollo del inglés tendrá lugar en menoscabo de las otras grandes lenguas de la cultura? En abosulto. La verdad es más bien la contraria. El desvanecimiento de las fronteras y la perspectiva de un mundo interdependiente se ha convertido en incentivo para que las nuevas generaciones traten de aprender y asimilar otras culturas (que ahora podrán hacer suyas, si lo quieren), for afición, pero también por necesidad, pues el hablar lenguas y moverse con desenvoltura en culturas diferentes es una credencial valiosísima para el éxito profesional en nuestro tiempo.

Quisiera citar, como ejemplo de lo que digo, el caso del español. Hace medio siglo, los hispanohablantes éramos todavía una comunidad poco menos que encerrada en sí misma, qie se proyectaba de manera muy limitada fuera de nuestros tradicionales confines linguísticos. Hoy, en cambio, muestra una pujanza y un dinamismo crecientes, y tiende a ganar cabeceras de playa y a veces vastos asentamientos, en los cinco continentes. Que en Estados Unidos haya en la actualidad entre 25 y 30 millons de hispanohablantes, por ejemplo, explica que los dos candidatos, el Gobernador Bush y el Vicepresidente Gore, hagan sus cambios presidenciales no sólo en inglés, también en español.
¿Cuántos millones de jovenes de ambos sexos en todo el globo se han puesto, gracias a los retos de la globalización, a aprender japonés, alemán, mandarín, cantonés, árabe, ruso o francés? Muchísimos, desde luego, y ésta es una tendencia de nuestra época, que, afortunadamente, sólo puede incrementarse en los años venideros.

Por eso, la mejor política para la defensa de la cultura y la lengua propias es promoverlas a lo largo y a lo ancho del nuevo mundo en el que vivimos, en vez de empeñarse en la ingenua pretensión de vacunarlas contra la amenaza del inglés. Quienes proponen este remedio, aunque hablen mucho de cultura, suelen ser gente inculta, que disfrazan su verdadera vocación: el nacionalismo.

Y si hay algo reñido con la cultura, que es siempre de propensión universal, es esa visión parroquiana, excluyente y confusa que la perspectiva nacionalista imprime a la vida cultural. La más admirable lección que las culturas nos imparten, es hacernos saber que ellas no necesitan ser protegidas por burócratas, ni comisarios, ni confinadas dentro de barrotes, ni aisladas por aduanas, para mantenerse vivas y lozanas, porque ello, más bien, las folcloriza y las marchita.

Las culturas necesitan vivir en libertad, expuestas al cotejo continuo con culturas diferentes, gracias a lo cual se renuevan y enriquecen y evolucionan y adaptan a la fluencia continua de la vida. En la antiguedad el latín no mató al griego, por el contrario, la originalidad artítica y la profundidad intelectual de la cultura helénica impregnaron de manera indeleble la civilización romana y, a través de ella, los poemas de Homero, y la filosofía de Platón y Aristóteles, llegaron al mundo entero. La globalización no va a desaparecer a las culturas locales; todo lo que hay en ellas de valioso y digno de sobrevivir encontrará en el marco de la apertura mundial un terrreno.

En un célebre ensayo, "Notas para la definición de la cultura", T.S. Elliot predijo que la humanidad del futuro vería un renacimiento en las culturas locales y regionales, y su profecía pareció entonces bastante aventurada.

Sin embargo, la globalización probablemente la convierta en una realidad del siglo XXI, y hay que alegrarse de ello. Un renacimiento de las pequeñas culturas locales devolverá a la humanidad esa rica multiplicidad de comportamientos y expresiones, que- es algo que suele olvidarse, o más bien, que se evita recordar por las grandes connotaciones morales que tiene- a partir de fines del siglo XVIII y, sobre todo, en el XIX, el Estado-nación aniquiló, y a veces en el sentido no metafórico sino literal de la palabra, para crear las llamadas identidades culturales nacionales.

Éstas se forjaron a sangre y fuego muchas veces, prohibiendo la enseñanza y las publicaciones de idiomas vernáculos, o la práctica de religiones y costumbres que disentían de las proclamadas como idóneas para la nación, de modo que, en la gran mayoría de los países del mundo, el Estado-nación consistió en una forzada imposición de una cultura dominante sobre otras, más débiles o minoritarias, que fueron reprimidas o abolidas de la vida oficial.

Pero, contrariamente a lo que piensan esos temeroso de la globalización, no es tan fácil borrar del mapa a las culturas, por pequeñas que sean, si tienen detrás de ellas una rica tradición que las respalde y un pueblo que aunque sea en secreto, las practique. Y lo vamos viendo en estos días en que, gracias al debilitamiento de la rigidez que caracterizaba al Estado-nación, las olvidadas, marginadas o silenciadas culturas locales, comienzan a renacer y a dar señales de una vida a veces muy dinámica, en el gran concierto de este planeta globalizado.

Está ocurriendo en Europa, por doquier. Y quizá valga la pena subrayar el caso de España por el vigor que tiene en él este renacer de las culturas regionales. Durante los 40 años de la dictadura de Franco, elllas estuvieron reprimidas y casi sin oportunidades para expresarse, condenadas poco menos que a la clandestinidad. Pero con la democracia la libertad llegó también para el libre desarrollo de la rica diversidad cultural española y, en el regimen de las autonomías imperante, ellas han tenido un extraordinrio auge en Cataluña, en Galicia, en el País Vasco, principalmente, pero también, en el resto del país. Desde luego, no hay que confundir este renacimiento regional, positivo y enriquecedor, con el fenómeno del nacionalismo, fuente de problemas y una seria amenaza para la cultura de libertad.

La globalización plantea muchos retos, de índole política, jurídica, administrativa, sin duda. Y ella, si no viene acompañada de la mundialización y profundización de la democracia-la legalidad y la libertad-, puede traer también serios prejuicios, facilitando, por ejemplo, la internacionalización del terrorismo y de los sindicatos del crimen.

Pero, acompañados a los beneficios y oportunidades que ella trae, sobre todo para las sociedades pobres y atrasadas que requieren quemar etapas a fin de alcanzar niveles de vida dignos para los pueblos, aquellos retos, en vez de desalentarlos, deberían animarlos a enfrentarlos con entusiasmo e imaginación. Y con el convencimiento de que nunca antes, en la larga historia de la civilización humana, hemos tenido tantos recusros intelectuales, científicos, y económicos como ahora para luchar contra los males atávicos: el hambre, la guerra, los perjuicios y la opresión.